Sergio Uñac contra el AMBA: El peronismo busca salvarse y el sanjuanino quiere liderar el rescate

El problema de Sergio Uñac no es Sergio Uñac. El problema es la Argentina. Y el peronismo, obvio. 

Cada tanto, el peronismo produce una criatura política que parece salida de un laboratorio federal: moderado, dialoguista, gestor, razonable, amigo de los gobernadores, enemigo de los gritos. Hace veinte años fue José Manuel de la Sota. Después Juan Manuel Urtubey. Más tarde Juan Schiaretti. Ahora le toca a Sergio Uñac. Los cordobeses nunca pudieron. ¿Podrá él?

Ahora muchos del establishment  comparten la misma intuición: que existe una mayoría silenciosa esperando un político normal. Y todos van a chocar contra el mismo muro: la política, no sólo en Argentina sino en el mundo, no premia la normalidad. Lamentablemente….

La política contemporánea premia identidades intensas. Milei no llegó al poder ofreciendo moderación sino conflicto. Cristina Kirchner tampoco construyó liderazgo administrando consensos sino organizando antagonismos. Incluso Mauricio Macri necesitó polarización para consolidarse. En el ecosistema político actual, la moderación necesita justificar su existencia mucho más que los extremos 

La segunda de sus luchas, y tal vez la más importante, es la lucha contra el AMBAcentrismo de la Argentina, a la que el kirchnerismo ayudó a consolidar. Todo gira alrededor del conurbano bonaerense y la capital: la centralidad mediática, los problemas, la redistribución de la riqueza, la pobreza y la marginalidad, la protesta, etc, etc. Los gobernadores tienen votos; los liderazgos metropolitanos tienen cámara. Los gobernadores administran provincias; Buenos Aires administra sentido político. La frustración íntima de los gobernadores, su invisibilidad mediática por la que no pueden saltar el alambrado de su ranchito. El presidente del Centro de Estudiantes del Nacional Buenos Aires tiene más cámara que un gobernador con superávit fiscal y pleno empleo.

Los dirigentes peronistas parecen estar entendiendo algo. El kirchnerismo ya no organiza al peronismo, pero el antikirchnerismo tampoco alcanza para reemplazarlo. (Antes era “Sin Cristina no se puede, con Cristina no alcanza” ¿Y ahora…?) Por eso Uñac intenta una operación delicada: construir un postkirchnerismo sin dinamitar a Cristina. Dicho de otro modo, quiere jubilar el liderazgo sin fusilar a la líder. No es poca cosa. 

Mientras Axel Kicillof representa la continuidad emocional del kirchnerismo de la épica militante, centralidad bonaerense, polarización ideológica, Uñac intenta encarnar la tradición de los gobernadores. Menos relato y más administración. Menos Twitter y más obra pública. Menos revolución cultural y más coparticipación.  

Aún más cuando el kirchnerismo, sea camporista o kiccilofista, sigue encarnizado en sus internas que no entiende nadie (así sean puras peleas por cajas, dicho por ellos, no hay otra explicación). El hartazgo, no sólo del “pueblo peronista”, sino de los gobernadores que se ven obligados (o excusados) a negociar con Milei. La apelación al “federalismo” funciona como mecanismo de diferenciación frente a Axel Kicillof, a quien identifica implícitamente con el centralismo bonaerense. Más que construir un movimiento ideológico, intenta articular una coalición territorial. 

El problema es que la Argentina presidencialista convierte casi automáticamente a los gobernadores en actores secundarios. Administran poder real, pero carecen de centralidad simbólica. Tienen territorio, pero no narrativa. Y sin narrativa no hay presidencia posible. 

Sin embargo, sería un error subestimar su movimiento. Los sistemas políticos no permanecen eternamente en estado de furia. Si el experimento libertario entra en desgaste y la sociedad empieza a demandar estabilidad antes que épica, dirigentes como Uñac podrían volverse competitivos. La moderación rara vez enamora, pero muchas veces aparece como refugio después del cansancio.

Además, el sanjuanino tiene algo que el peronismo hoy necesita desesperadamente: capacidad de hablar con casi todos. Gobernadores, sindicatos, empresarios, sectores dialoguistas. No genera fanatismo, pero tampoco rechazo visceral. En una Argentina agotada de odios cruzados, eso podría transformarse de defecto en virtud. Ahora si, tiene que ver para adentro. ¿Terminó tan bien Uñac en San Juan? y, lo mató la interna, más que nada. ¿Habrá aprendido algo de eso y querrá evitar que el peronismo nacional se desangre como le pasó a él? 

Su desafío más inmediato es el reconocimiento. Fuera de San Juan, Uñac sigue siendo una figura desconocida. El paso por Blender no fue casual: busca hablarle a públicos urbanos jóvenes donde el peronismo está en crisis. Una entrevista relativamente exitosa, adaptándose torpe aunque simpáticamente a los chistes internos de los “frikis cool” palermitanos. Algo es algo.

Claro que antes de pensar en la presidencia, tiene que sobrevivir la interna. Los gobernadores acompañan al que mide, no al que planta la bandera federal. Ya su archirrival local, Gioja, dijo que prefiere a Axel ….Y queda la pregunta de fondo: ¿Uñac quiere realmente ser presidente, o se planta frente a Kicillof para negociar después? Especulaciones, por ahora.

No importa, el caso sirve para algo más grande: preguntarse si el sistema político quedó definitivamente capturado por liderazgos metropolitanos, hipermediáticos y emocionalmente extremos. Y si el peronismo, y qué peronismo, puede sobrevivir al agotamiento del ciclo kirchnerista.

Nota por Lic ciencia politica Diego Hernan Luzzi.

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