Dos años de gobierno, promesas incumplidas y una sociedad que todavía no terminó de procesar lo que votó. Milei es el presidente más conocido de la historia reciente. Lo que no todos saben es qué hace, hacia dónde va y quién maneja realmente la batuta
Cuando uno habla con distintas personas sobre el gobierno de Milei empieza a notar patrones que se repiten. Están los que nunca creyeron demasiado en lo que decía pero igual lo votaron, bajo la lógica de que tampoco iba a hacer todo lo que prometía. Están los que reconocen que no bajó ni un impuesto de los que prometió bajar, pero que igual no volverían a votar a lo que estaba antes. Y están los que directamente ya no hablan del tema.
Lo que hay en esos tres grupos es una sociedad que votó más con bronca que con esperanza, y que ahora está procesando las consecuencias de esa decisión.
El presidente que todos conocen pero nadie sabe qué hace
Milei tiene algo que pocos presidentes argentinos tuvieron: imagen. Todo el país sabe quién es. Sabe cómo habla, sabe lo que dice, sabe el pelo y la motosierra. Lo que no todos saben con claridad es qué hace como presidente, hacia dónde lleva el país y quién maneja realmente la batuta adentro del gobierno.
Porque esa es la pregunta que flota sin respuesta clara: ¿es Milei, o es su hermana, o es un grupo de empresarios que se autodenominan libertarios pero que en la práctica generan las leyes que luego van al Congreso para satisfacer sus propias necesidades económicas? Un selecto equipo de muchachos de la CABA que, desde la Rosada, diseña política para un país grande, extenso y con necesidades que ellos no conocen ni de cerca.
Un presidente que viaja constantemente a Israel y Estados Unidos, que recibe premios en círculos de magnates internacionales, pero que todavía no conoce siquiera todas las provincias argentinas. Eso no es un detalle anecdótico: es un síntoma.
El anarcocapitalista que usa el Estado para sus amigos
Hay una contradicción en el núcleo del gobierno que merece ser nombrada. Milei llegó al poder planteando al Estado como un enemigo, como el origen de todos los males. Dos años después, ese mismo Estado que prometía destruir está siendo usado activamente para beneficiar a un grupo de actores económicos concretos.
No es liberalismo. Es concentración de riqueza con cobertura ideológica. Un presidente que se presenta como anarcocapitalista pero que en los hechos es un liberal clásico que no tiene ningún problema con que unos pocos acumulen lo que muchos no tienen. Y mientras eso ocurre, la mitad de los niños argentinos sigue creciendo en la pobreza. Ese dato no aparece en los discursos del presidente. Tampoco en los premios que recibe afuera.
Los indicadores que el dólar bajo no alcanza a tapar
Los números del consumo de los sectores medios y bajos están en pisos históricos. No es una percepción: es lo que muestran las estadísticas de ventas en supermercados, la caída del consumo de carne, el retroceso en el turismo interno. Una parte de la sociedad, la que maneja dólares o tiene ingresos dolarizados, está genuinamente agradecida por el tipo de cambio. Para ellos, el gobierno funciona.
Para la otra parte, la que cobra en pesos y gasta en precios que no bajaron al mismo ritmo que prometían, la ecuación no cierra. Y esa parte no es menor ni marginal: es la mayoría del país.
Lo difícil de asimilar, y acá está uno de los problemas más serios del momento, es que Milei parece que va a ser así siempre. Ensimismado en Casa Rosada. Viajando. Hablando con su núcleo. Sin señales de que algo vaya a cambiar de fondo en la forma en que entiende la presidencia.
El peronismo y el arte de la autoproscripción
El otro lado del problema es la oposición, y en particular el peronismo, que pareciera haber entrado en una especie de autoproscripción voluntaria. Con miedo a hablar de futuro, con miedo a proponer, paralizados por el trauma de la derrota. Si alguien intenta asomar la cabeza con una idea nueva, es tiroteado: o por el bando contrario, que tiene todos los medios para hacerlo, o por los propios, que prefieren el búnker al debate.
Una fuerza política que no puede discutir su propio futuro no está en condiciones de discutir el futuro del país. Y esa incapacidad, en este momento, es funcional al gobierno.
La autocrítica que le debemos
Hay una pregunta que la sociedad argentina tiene que hacerse antes del próximo ciclo electoral, y es una pregunta incómoda: ¿qué votamos cuando votamos un presidente?
¿Votamos un programa? ¿Una persona? ¿Un estado de ánimo? ¿Bronca acumulada contra lo que había? Porque si la respuesta honesta es la última, entonces el resultado no debería sorprender a nadie. La bronca es un combustible poderoso para llegar al poder. Es un combustible pésimo para gobernar.
Milei no es un fenómeno caído del cielo. Es el resultado de años de deterioro, de promesas rotas por otros, de una clase política que agotó la paciencia de generaciones enteras. Eso no lo justifica, pero sí lo explica. Y entenderlo es el primer paso para no repetirlo.
Hay generaciones de argentinos que no vivieron algo mejor. Que no tienen un punto de referencia distinto al de la crisis permanente. Para ellos, Milei no es una decepción: es simplemente lo que hay. Eso es lo más preocupante de todo.