La Libertad Avanza lleva semanas destruyéndose públicamente por una cuenta anónima de Twitter. Santiago Caputo contra los Menem. Romo y Parisini contra medio gabinete. Lilia Lemoine usando Jujutsu Kaisen como argumento jurídico. Javier Milei mirando desde Olivos sin saber, o sin querer, parar nada.
El problema de La Libertad Avanza no es Santiago Caputo. Tampoco es Martín Menem. El problema es que nunca fueron lo mismo y durante dos años fingieron que sí.
Todo movimiento que llega al poder demasiado rápido arrastra la misma deuda: la coalición que sirvió para ganar raramente sirve para gobernar. Macri lo vivió con el Pro y el radicalismo. Milei lo vive ahora, con la diferencia de que acá la tensión no es ideológica sino de origen. Son dos tribus que comparten el nombre del partido pero vienen de lugares distintos, quieren cosas distintas, y se toleraban porque les convenía.
Ahora ya no les conviene tanto.
De dónde viene cada uno
Los Caputo —el asesor, no el ministro, aclaración necesaria en este gobierno— vienen de las trincheras digitales de 2018. Cuando ser liberal en Argentina era casi una excentricidad de nicho, había un ecosistema de cuentas de Twitter que discutía economía austriaca, odiaba al kirchnerismo y se llamaba a sí mismo con ese orgullo de minoría que tienen los que creen que van a ganar antes de que nadie más lo sospeche. Santiago Caputo estaba ahí. Parisini, el Gordo Dan, también. Agustín Romo, también. Son los que construyeron la épica digital del movimiento. Los que convirtieron el delirio de Milei en lenguaje político masivo. Los fundadores de la iglesia, digamos.
Los Menem —Martín en Diputados, Eduardo “Lule” en la Subsecretaría— son otra cosa. Son operadores. Construyeron el partido como estructura: candidaturas, alianzas, negociaciones con gobernadores, votos en el Congreso. No escriben hilos de Twitter a las dos de la mañana. Hacen otra cosa: cuentan votos. Y en la Argentina presidencialista, los que cuentan votos terminan siendo imprescindibles de una manera que los que escriben hilos nunca terminan de aceptar. Nunca.
Karina Milei está en el medio de los dos. Que es exactamente el lugar que quiere ocupar. Secretaria General en la firma, jefa de gabinete informal en los hechos, árbitro cuando conviene y verdugo cuando hace falta —aunque nadie sepa con certeza que fue ella.
@periodistaRufus y el anime como argumento político
El detonante fue una cuenta anónima de Twitter. @periodistaRufus publicaba mensajes agresivos contra figuras del oficialismo. Caputo acusó a Martín Menem de operarla. Menem lo negó. El argumento más estrambótico lo aportó Lilia Lemoine: la cuenta no podía ser de Menem porque hacía referencias a Jujutsu Kaisen, y Menem no es el tipo de persona que sabe qué es Jujutsu Kaisen.
Es, probablemente, el único momento en la historia política argentina en que el anime funcionó como elemento de descargo. Algo es algo.
Caputo escribió “qué gaga” sobre una publicación del entorno Menem y eso bastó para desencadenar una semana de ataques cruzados en redes, streamings y comunicados. Parisini y Romo pidieron la cabeza de Menem en Diputados. Menem respondió que no lo subestimen. Milei llamó “prefabricadas” las acusaciones contra Menem pero en el mismo movimiento describió a Caputo como “un hermano”. Nadie quedó conforme. Nadie quedó herido de muerte. Y eso, en este gobierno, cuenta como empate.
Lo que se están peleando en realidad
Las peleas que parecen estúpidas raramente lo son del todo.
Detrás del anime y del “qué gaga” hay algo más concreto: quién controla las candidaturas de 2027. Las elecciones legislativas del año que viene son el primer examen real de La Libertad Avanza como partido consolidado. Hasta ahora el movimiento funcionó como tal: una fuerza aglutinada alrededor del líder, sin necesidad de estructura porque la estructura era el carisma. Pero las legislativas requieren listas, y las listas requieren negociaciones, y las negociaciones requieren estructura, y la estructura la tienen los Menem. No Caputo.
Esa es la disputa real. Los digitales entienden que si el partido se institucionaliza bajo la lógica de los Menem, pierden relevancia. Los Menem entienden que si Caputo sigue teniendo acceso directo al presidente sin pasar por ningún filtro, nunca van a tener poder real aunque ganen todas las internas. (Puras peleas por cajas, en el fondo. Aunque acá al menos la caja tiene nombre: las boletas del 27.)
Milei, en el medio, hace lo que aprendió a hacer en televisión: hablar fuerte, no resolver nada, y esperar que el conflicto se agote solo.
El triángulo que no es equilátero
Adentro del gobierno circula la idea del Triángulo de Hierro: Milei, Karina y Caputo. Los tres irrompibles. La familia más el hermano político.
El problema de los triángulos es que tienen ángulos, y los ángulos generan tensión cuando el espacio se achica. Caputo tiene acceso al presidente, pero Karina tiene acceso permanente. Caputo tiene la épica del movimiento, pero Karina tiene la agenda. En una presidencia que funciona como empresa familiar con asesoría externa, la diferencia entre estar adentro del clan y ser muy cercano al clan termina siendo todo.
Los Menem apostaron a Karina. En eso, al menos, calcularon bien. ¿Alcanza? Depende de si el presidente termina resolviendo que prefiere la lealtad del partido o la épica del movimiento. Hasta ahora, no lo resolvió. Y hay que preguntarse si quiere resolverlo.
Lo que viene
El kirchnerismo tardó años en procesar el paso de movimiento a partido. Muchos dirían que nunca lo procesó del todo. La Libertad Avanza lleva dos años y ya está en esa encrucijada.
Los movimientos ganan elecciones con identidades intensas. Los partidos gobiernan con estructuras. El momento en que un movimiento empieza a pelearse por candidaturas y control de aparatos es el momento en que deja de ser un movimiento y todavía no termina de ser un partido. Ese interregno es el más peligroso. Porque en ese momento se puede perder la épica y la estructura al mismo tiempo, y quedarse sin ninguna de las dos.
Milei ganó siendo un fenómeno. La pregunta —la de fondo, la que importa— es si el sistema político argentino tiene lugar para una fuerza que no sabe todavía qué es. Y si la respuesta es no, el Gordo Dan va a ser el menor de sus problemas.
Las opiniones expresadas son del autor y representan la línea editorial de Civilización y Barbarie.