Minería inteligente: ¿progreso o dependencia?

En algún lugar del noroeste sanjuanino, un algoritmo está decidiendo dónde perforar. No es una metáfora: es el estado actual de la minería global. Sistemas de inteligencia artificial analizan datos geológicos, predicen la composición del subsuelo y optimizan la extracción con una precisión que ningún equipo humano podría igualar. La pregunta no es si esta tecnología va a llegar a San Juan. La pregunta es si cuando llegue — o cuando ya esté operando sin que lo notemos — vamos a entender lo que significa.

La máquina que lee la montaña

La inteligencia artificial aplicada a minería no es ciencia ficción ni un proyecto piloto. Las grandes compañías del sector — Rio Tinto, BHP, Barrick — ya operan con sistemas autónomos en yacimientos de Australia, Canadá y Chile. Los camiones se manejan solos. Los drones relevan zonas que antes requerían semanas de trabajo de campo. Los modelos predictivos procesan millones de datos sísmicos, geoquímicos y satelitales para decidir en horas lo que antes llevaba meses de estudio.

Lo que estas herramientas prometen es tentador: menor riesgo humano en operaciones peligrosas, reducción del impacto ambiental al perforar con más precisión y menos desperdicio, optimización del uso de agua — un recurso que en San Juan no es un dato menor sino una obsesión legítima.

Hasta ahí, el relato es seductor. Pero el relato siempre es seductor cuando lo escribe el que vende la tecnología.

Lo que no se dice

Hay una dimensión de esta transformación que rara vez aparece en los informes corporativos o en los discursos oficiales: la dependencia.

Cuando un yacimiento opera con inteligencia artificial, los datos no se procesan en Jáchal ni en Iglesia. Se procesan en servidores ubicados en Toronto, en Perth, en Silicon Valley. Los algoritmos que deciden dónde y cómo extraer no fueron desarrollados por geólogos sanjuaninos. Fueron diseñados por ingenieros de software que probablemente no podrían ubicar a San Juan en un mapa.

Esto plantea un problema que va más allá de lo técnico. Es un problema de soberanía. No soberanía en el sentido grandilocuente de los discursos patrióticos, sino en el sentido más concreto posible: ¿quién entiende lo que está pasando debajo de nuestra tierra? ¿Quién tiene acceso a esos datos? ¿Quién puede auditar las decisiones que toma una máquina?

Si la respuesta a todas esas preguntas es “una empresa extranjera”, entonces lo que tenemos no es progreso. Es una versión actualizada del mismo modelo que esta provincia conoce de memoria: otros extraen, otros deciden, otros se llevan el conocimiento. Nosotros ponemos el territorio.

San Juan en la ecuación

La provincia tiene universidades. Tiene la UNSJ con carreras de ingeniería, geología, informática. Tiene investigadores que publican papers y egresados que saben programar. Lo que no tiene — todavía — es una política deliberada para conectar ese capital humano con la transformación tecnológica de la industria que más impacta en su territorio.

No se trata de fabricar algoritmos en un garaje de Rawson. Se trata de algo más básico y más urgente: formar personas capaces de entender, auditar y eventualmente diseñar los sistemas que van a gobernar la minería del futuro. Personas que puedan sentarse en la misma mesa que los ingenieros de Toronto y decir “este modelo no contempla la variable hídrica de Calingasta” o “estos datos de impacto ambiental están incompletos”.

Hoy esas personas existen, pero están dispersas, sin recursos, sin articulación con la industria y sin un marco institucional que las respalde. El talento está. La estrategia no.

La pregunta incómoda

Hay una tentación comprensible en adoptar estas tecnologías sin cuestionarlas. La IA minera promete eficiencia, y la eficiencia promete dólares, y los dólares prometen desarrollo. Es un silogismo perfecto. Salvo que los silogismos perfectos, en la historia de esta provincia, tienen la costumbre de dejar los beneficios en pocas manos y los costos repartidos entre todos.

La pregunta que deberíamos hacernos no es si queremos minería con inteligencia artificial. Eso ya no está en discusión: va a suceder con o sin nuestra opinión. La pregunta es si vamos a ser usuarios pasivos de una tecnología que no controlamos, o si vamos a construir la capacidad local para participar de verdad en esa conversación.

No es una pregunta retórica. Es una decisión política, educativa y económica que se está tomando ahora mismo, mayormente por omisión. Y la omisión, en estos casos, siempre beneficia al que ya tiene el poder.

La montaña va a seguir ahí. La pregunta es quién va a saber leerla.

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